Para los amantes del surf, pero sobretodo, los aventureros
“Comenzó a temblar la tierra y el agua se retiró. Y cuando pasa eso, ya sabrás que viene después. Me volví corriendo desde la playa, no me daban las patas. Encima nos preocupamos porque mi hermano no volvía. Pero al final llegó. El tsunami destruyó toda la costa del Infiernillo, justo donde era la fiesta que estábamos. Nos salvamos de pedo”. Así lo contó Christopher, dentro del jacuzzi a leña en el que estábamos, innovación chilena avalada por los dioses.
Pichilemu es una ciudad playera a unos 200 km (3 horas en auto) al sur de Santiago de Chile, y el principal polo turístico del partido de O’higgins. Sus aguas son frías y de color oscuro, incluso en verano. Sin embargo, esto no es impedimento para los miles de surfistas que año a año se instalan en Punta de Lobos (localidad a unos 6 km al sur de Pichilemu) para practicar el deporte que les compete. Este pequeño poblado, alimentado por la pesca y el turismo, es conocido como el mejor punto de surf en Chile.
Vincent hace surf desde los 11 años. Nacido en los suburbios de Nueva York, su mudó con su familia a San Francisco, California a la edad de 7. En la escuela media comenzó a interesarse por este deporte, iniciado por su hermano mayor y sus amigos. Y nunca lo abandonó. Además de su ciudad, Vince surfeó en Portugal, Irlanda, Nicaragua, México y Hawaii. Ahora, vino a probar en aguas australes.
“El surf es mi pasión, es lo único que tengo que me hace sentir verdaderamente yo mismo. Es el mecanismo que tengo para combatir el estrés y las malas energías que intenten entrar en mi vida”, dice Vincent.
El yankee viene manejando desde Santiago. Más bien, es su novia, de nacionalidad argentina, la que maneja, porque él no pudo hacer andar la máquina de cambios manuales. Es que en Estados Unidos casi todos los autos son con cambios automáticos. En la ruta se salieron del camino varias veces porque no les funcionaba el GPS, pero en un momento la ruta se estrechó, nacieron árboles infinitos a ambos las de la carretera y llegaron a una ciudad costera invadida por los turistas veraniegos: Bienvenidos a Pichilemu.
Las nuevas sirenas de Pichilemu y Punta de Lobos, muestra un anuncio en una revista de surf local. No son las nereidas que alguna vez volvieron locos a marinos, sino altoparlantes de alto rango que sonarán en caso de tsunami. Me llamó la atención leer este anuncio tan particular en la primer revista que abro en la cabaña, pero lo dejo pasar.
El ruido del mar invadió el silencio todas las noches. El lugar elegido para hospedarse durante su estadía en Punta de Lobos no era nada parecido a lo que hubieran alquilado por Airbnb antes. Para llegar a la cabaña, debieron pasar por un portón con tranca, ingresar a un terreno con caballos, perros y gatos y varias casas distribuidas en el medio. A tanto sólo 100 metros de un precipicio que separa el mar de la costa, y situada justo en la “punta” de Punta de Lobos, desde la ventana del pequeño edificio se podía visualizar el mar lamiendo la costa.
Vista del atardecer desde la ventana del hospedaje.
Algunas mañanas las pasamos en la playa, yo leyendo sobre alguna roca y Vince equilibrandose entre ola y ola. Otros días nos decidimos ir a caminar por el sur de la propiedad en donde nos encontrábamos. Caminábamos alrededor de 2 horas, a veces más, bajando y subiendo los acantilados entre zig-zags escalonados, bajando y subiendo a una playa secreta o desierta (o ambas), perdidos entre densa neblina y a los diez minutos iluminados por el sol. Lo más lejos que llegamos siempre fue a un pastizal lleno de flores y nunca fuimos molestados por un ánima. Una zona totalmente solitaria, donde la paz y la impotencia del mar se conjugan en un cuadro conmovedor, con algo de nostalgia y algo de aterrador también.
Las formaciones rocosas se extienden hacia el mar en un paisaje de niebla.
El ejercicio de dormir me fue placentero hasta que me enteré del tsunami de 2010. Desde ese momento en adelante, me parecía que cada canto de grillos era una sirena de alarma a la distancia, o que cada ola que rompía contra el acantilado sonaba como si lo hubiera sobrepasado, y venía en busca de nosotros para arrastrarnos hacia un mundo marino sin retorno. La historia del tsunami la contó Chris, la pareja de mi amiga Lucía, también argentina. Ella vive en Chile desde hace dos años, cuando se volvieron de Estados Unidos (país en donde nos conocimos) para formar su propia familia. Chris y Lucía viven a unos 30 minutos de Punta de Lobos en auto, pero tienen una casa en esa costa, así que cuando les conté que viajabamos, se hicieron un tiempo para que nos reuniéramos.
Chris relató cómo corrió casi 4 km para salvarse del tsunami originado a causa del terremoto de escala 8.8 MW en el mar chileno, a unos 30 km bajo la corteza terrestre y a unos 300 km al sur de Pichilemu. El sismo fue el segundo más fuerte en la historia del país, y el octavo más fuerte registrado por la humanidad.
Cuando vuelvo a nuestro alojamiento luego de la reunión, me quedé pensando en el tsunami y el terremoto, y decidí investigar más. Resulta ser que tras el terremoto, el sismólogo de la Universidad de Hawaii llamó al país mapuche para alertar sobre una inminente posibilidad de tsunami, pero la persona al teléfono no manejaba inglés y malinterpretó la advertencia. Esto fue comunicado a la entonces presidenta Michelle Bachelet, que salió a decir públicamente que no había riesgo de tsunami y que las poblaciones costeras se quedaran tranquilas. Sin embargo, alrededor de los 30 minutos después del sismo, gran parte de las costas fueron azotadas por el tsunami. De repente entendí por qué tanto alarde de las nuevas sirenas de alerta.
Punta de Lobos es, definitivamente, un destino para los valientes y para inconformistas. Para los viajeros que buscan adentrarse en aventuras, en historias míticas, paraísos imponentes, con acantilados donde rompen las olas, playas cubiertas de niebla y olas fuertes y vigorosas. Es para surfistas y deportistas amantes del mar y todo lo que eso significa. Un destino para quienes no le temen a la adversidad y buscan conocer el mundo en pos de aprender no sólo sobre sus maravillas sino también sobre sus peligros, entendiendo que el equilibro es eso en el medio del bien y el mal, de lo conocido y lo desconocido, y probablemente, lo más parecido a eso se puede encontrar en este poblado al sur de Pichilemu.
Galería:
Manejando en un auto rentado, desde Santiago a Pichilemu.
Posando en la galería de la cabaña.
Camino a una mañana de surf.
Los colores y paisajes que ofrecía la cabaña, un día de niebla y otro de sol.
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