Periodismo para seres virtuales
En un contexto signado por el
sensacionalismo, la velocidad y la eficacia comunicacional, resulta necesario
para el ciberperiodismo recuperar un mínimo de calidad informativa. La
explosión experimentada en medios técnicos, soportes y dispositivos permitió
que la mayoría de nosotros podamos hacer eco de lo que pensamos, sentimos y
decimos, llegando a otros de una manera sencilla y con un simple posteo en
redes, blogs o páginas web. Estos cambios propiciaron la aparición de cierta
forma de “periodismo ciudadano” valioso en cuanto a potencial expresivo, pero
carente de la calidad propia de la labor analítica e investigativa.
No hay dudas de que la revolución
tecnológica de las comunicaciones cristalizó en un escenario presente marcado
por la hipertextualidad, los lenguajes múltiples y la inmediatez. Todos estos
rasgos se vieron acentuados por los dispositivos móviles, que acercaron todo tipo
de publicaciones a la palma de la mano.
Cabe preguntarnos: ¿cómo apropiarnos de los recursos que ofrece el mundo
digital para hacer lugar a medios de comunicación sustentables, eficaces y de
calidad? ¿Cómo competir en un mercado que se encuentra dominado por gigantes de
la comunicación que promueven una estructura de medios automatizados, en la que
existen unos pocos centros productores de la información y millones de nichos
que replican y refuncionalizan esa misma información?
Resulta interesante recuperar los ejemplos de “ADN.es” y
“Lainformacion.com” volcados en el texto de Salaverría “¿Ciberperiodismo sin
periodistas?”. Estos casos son valiosos para entender que los modernos modelos
de gestión optimizada de contenidos producidos por terceros, en los que se
prioriza la actualización instantánea por sobre la labor investigativa mediante
la “monitorización en tiempo real de múltiples fuentes que son catalogadas,
ordenadas y ponderadas automáticamente” (Salaverría, 2009, p. 239) funcionan
con éxito, a pesar de contar con una planta reducida de redactores y con
escasos contenidos propios.
Es importante entender que si vamos a
zambullirnos en el mundo digital, tenemos que conocer sus reglas para poder
jugar el mismo juego virtual.
Para empezar: ¿cuánto saben de
nosotros los centros de información?
Hoy cualquiera deja huellas en el mundo
virtual (publicaciones, interacciones, impresiones, “me gusta”) y esas huellas
son recogidas, apropiadas, sistematizadas y puestas a funcionar por los grandes
centros de información. Los rastros que vamos dejando en el entorno virtual
exceden las interacciones en redes sociales. Daniel Molina, crítico cultural y
periodista, señala en una nota para “Nueva Ciudad” que nos encontramos ante un
sistema de vigilancia absoluta. Molina advierte: “basta entrar en la web de la
Afip y ver los movimientos de dinero que cada uno de nosotros tiene
registrados. El profiláctico o el test de embarazo que compraste en la farmacia
de la otra cuadra también figuran allí.” En otra sección del texto señala:
“mientras usted está leyendo esta columna en un dispositivo electrónico,
Facebook está recogiendo miles de datos que usted tiene en su computadora.”
La consecuencia resultante es que
para dichas empresas y conglomerados, hoy es mucho más fácil saber qué pensamos
y sentimos, cómo actuamos, dónde estamos, qué nos indigna, qué cosas aceptamos
y cuáles no. Este enorme acervo de datos propiciados por modernos dispositivos
de control, sirve también a los fines de conocer qué contenidos y estrategias
discursivas serán receptados de manera favorable y en qué contextos.
Si el escándalo que involucró a Facebook y la empresa Cambridge
Analytica, por el que está siendo investigado el creador de la red Marck
Zuckerberg, nos enseña que nuestros datos personales podrían estar siendo
comercializados: ¿qué nos garantiza que todo este conocimiento no es usado
también por organismos estatales, empresas y privados de la comunicación para
manipular al público y tergiversar información en favor de sus intereses?
Es muy probable que lo mencionado esté ocurriendo y que las empresas
multinacionales dedicadas a la información y la comunicación utilicen el enorme
caudal de datos para sondear cuáles son nuestras preferencias, nuestros miedos,
nuestros prejuicios y así continuar operando al nivel del sentido común, en
detrimento del análisis profundo y crítico que exige la genuina labor
periodística.
El sistema que utiliza algoritmos para vincularnos con aquello que nos
interesa forma parte de un sistema de poder que trasciende fronteras, países y
controles. Una vez que caemos en el “espiral” de sugerencias y vinculaciones
algorítmicas es muy difícil salirse del círculo de influencia. Todo “lo nuevo”
que veamos en la pantalla tiende a confirmar o reforzar lo que nosotros ya
hemos elegido, preferido, gustado, comentado.
¿Hacia dónde vamos?
Estamos en condiciones de comenzar a plantearnos qué requisitos debe
reunir una publicación para triunfar en el mundo digital y comenzar a refundar
el ciberperiodismo sobre las bases éticas del compromiso social y de la justeza
en el tratamiento de los hechos.
En primer lugar, resulta indispensable dotar a los nuevos periodistas de
conocimientos técnicos que les permitan entender el funcionamiento de la regla
suprema del mundo digital: los algoritmos. Poder conocer su funcionamiento
permitirá construir medios digitales eficaces que alcancen visibilidad,
circulación y así poder emerger en un entorno de saturación informativa. Además
de poder posicionar nuestro medio entre motores de búsqueda y recolección con
estándares altamente ajustados, resultará útil conocer a nuestros lectores para
orientar nuestra línea editorial, así como también para captar nuevos públicos.
Hoy contamos con programas informáticos que permiten medir y cuantificar las
interacciones que los usuarios mantienen con nuestros posteos. Las ventajas de
estos softwares son enormes si tenemos en cuenta que exigen escasa
alfabetización para su uso.
En segundo lugar, debemos reformular nuestro discurso y aceptar la
instantaneidad reinante que exige mensajes cortos, contundentes y escasos de
rodeos. El lector digital suele consumir información en pocos minutos y exige
nudos interpretativos claros. No por eso vamos a fomentar un tratamiento
simplista de la información. Ya mencionamos que nuestro esfuerzo deberá
consistir en desandar los lugares de sentido común en que descansan los
circuitos cerrados y los “espirales” de sugerencias.
En tercer lugar, y reconciliándonos con el pasado, será necesario
revisitar a los grandes maestros del periodismo para conocer estrategias de
argumentación y análisis que nos permitan complementar la visibilidad y el
posicionamiento de nuestros medios con mayores estándares de calidad en el
tratamiento de la información.
Bibliografía:
DOMINGUEZ, Susana y DOVAL,
Montserrat (2013) “La necesaria transformación de los géneros: del papel al
ciberperiodismo”. En revista Historia y Comunicación Social. Vol. 18. Pág.
187-197. Universidad Complutense de Madrid. Madrid.
SALAVERRÍA, Ramón (2010)
"¿Ciberperiodismo sin periodistas? Diez ideas para la regeneración de los
profesionales de los medios digitales". En: Campos Freire, F. (coord.) El
cambio mediático. Zamora: Comunicación Social Ediciones y Publicaciones, pp.
236-249.
Molina, Daniel (2018). “El mundo
virtual es muy real”. Ciudad de Buenos Aires. En: Nueva Ciudad: https://www.nueva-ciudad.com.ar/notas/201809/38455-el-mundo-virtual-es-muy-real.html

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